La estética chola en la ciudad de La Paz.
Bolivia.
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Ejemplo antecesor de arquitectura popular. CVP |
En sus paisajes arquitectónicos la ciudad de La Paz fue durante
siglos el reflejo de una sociedad de castas excluyentes que, con influencias
eurocentristas, determinaron su morfología
urbana. Esta morfología fue superpuesta e impuesta a los escasos vestigios de
formaciones urbanas indígenas que existían antes de la llegada de los
españoles. Con esa lógica, y bajo diferentes tonalidades, cada estadio de
nuestra formación urbana fue una serie de coacciones regulatorias que
engendraron un paisaje cultural que aspiraba a la coherencia entre la forma
urbana y determinadas clases sociales.
Este equilibrio se mantuvo constante casi tres siglos. Pero, esa frágil armonía entre una sociedad mayoritariamente
indígena y con un mestizaje muy
indianizado sufre a partir de los años cincuenta del siglo XX un cambio radical.
La revolución nacional del MNR de 1952 renueva el orden político y revierte el orden urbano al abrir las compuertas de las
principales ciudades a miles de indígenas que estaban milenariamente abandonados
en el inmenso territorio rural boliviano. Comienza así la interminable historia
de las migraciones campo-ciudad y el paisaje urbano recibe a nuevos actores que
poco a poco imprimen su lógica de apropiación del suelo urbano. Por ello, y en
un marco de influencias arrolladoras que vienen con la modernidad y los
procesos globales posteriores, La Paz y la naciente ciudad de El Alto incorporan
en sus estructuras urbanas a los indígenas migrantes estableciendo nuevos oscilaciones
que van a gestar nuevos fenómenos en el paisaje cultural paceño. Comienza a
nacer la ciudad ambigua y abigarrada que tenemos en estos días.
En
ese marco, y a partir de los años setenta del siglo XX, nace en la ciudad una
arquitectura de rasgos confusos y delirantes que comienza a presentar sus
primeros ensayos en la pendiente oeste, en la llamada zona Chijini, donde
radican los comerciantes y contrabandistas de una nueva burguesía popular. La llamada burguesía chola transforma el
perfil urbano de esa comercial zona paceña densificando la masa urbana y
concibiendo, de una manera muy peculiar, un mestizaje arquitectónico inédito en
la historia de la ciudad. Comienza así, una mezcolanza inaudita en las construcciones bajo influencias de occidente y con rasgos nativos
propios.
Sin
un lenguaje discernible ni organizado, los edificios de la estética chola son
una mezcla delirante de colores y detalles que se intensifican con la
incorporación irracional y profusa de carteles y anuncios comerciales. El caos que ese escenario arquitectónico
presenta es vital y perversamente vivificante.
El habitante de esas zonas se enorgullece de presentar su mundo
perceptual con una teatralidad urbana bizarra y aymara. La Paz y El Alto son en
la actualidad ciudades con calles plagadas de movimientos, sonidos y olores.
Difícil
de interpretar, la estética chola está tomando todo el escenario urbano. Desde
El Alto hasta los barrios residenciales del sur que anteriormente fueron el
crisol de formas arquitectónicas asépticas de las clases altas, se impone un
nuevo paisaje arquitectónico y urbano.
La estética chola rebasa sus fronteras originales y es, a principios de
este siglo XXI, la estética hegemónica de La Paz, por encima de los pocos
ejemplos de formato occidental que aún quedan.
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Ejemplo antecesor de arquitectura popular. CVP |
Esta
representación del mundo atávico andino tiene también otros medios de expresión:
los medios audiovisuales, la gráfica urbana de lo comercial o la estridencia de
la música chicha. En esta sociedad irresoluta nace una nueva forma de hacer
ciudad. La Paz, en todas sus zonas, es un
soporte para todo tipo de expresiones que demuestran el carácter eminentemente
terciario de nuestra base económica. La mayor fuerza laboral esta ocupada en el
comercio formal e informal o en los servicios prestados al aparato estatal. Por ello, con una incompetente normativa
municipal que ha sido rebasada, ambas ciudades son un soporte para mensajes en
diversos tamaños y formatos que, sin respetar escalas o funciones, presenta un
mensaje polifacético e impreciso. Son ciudades ciudades-collage interminables con
una pulsión por expresar todo sin dejar nada a la sutileza o a la interpretación
sugerente. Los paceños y alteños necesitamos
un imaginario plagado de mensajes de primer orden. Debemos reiterar nuestras
denotaciones y postergar las posibles connotaciones en una multiplicación exacerbada de mensajes y
señales. Aquí el edificio cartel de
Robert Venturi fue realizado, sin temores ni aprensiones, a escala urbana.
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Gran Poder. La fiesta popular. CVP |
Sin
comprender ni digerir a plenitud la modernidad occidental, La Paz y El Alto entraron
de lleno a una posmodernidad delirante y como tal, esta nueva formación social
es un proyecto inacabado e incomprensible. La estética que la acompaña es la
expresión de los nuevos movimientos sociales de la mayor ciudad indígena de América
Latina y es una realidad irreversible. Aunque
se resistan algunos grupos nostálgicos de una ciudad liberal de principios del
siglo XX, la estética chola es quizás el motor más dinámico que impulsa los
nuevos imaginarios urbanos. Si estos son
el resultado de una ensoñación colectiva o de una pesadilla futurista no
interesa. Su imparable marcha está socialmente garantizada.
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En
ese marco histórico y social se gestó el fenómeno de los llamados cholets o, utilizando una definición
personal, la arquitectura chola. Y en una carrera fulgurante es un trending topic universal.
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Interior de cholet. Foto RC |
Para
esclarecer algunos malentendidos que circulan en diversos medios van unas
aclaraciones. En primer lugar, este movimiento no empezó en este siglo ni con
el presente momento político (el MAS de Evo Morales), ni tampoco es de un solo
autor (Freddy Mamani Silvestre). Este
fenómeno tuvo un largo proceso de gestación, que empezó en las zonas populares
y comerciales de la ciudad de La Paz allá por los años sesenta del siglo pasado
y se instaló en la ciudad de El Alto (vecina a La Paz) para mayor interés
internacional. Tímidamente, las construcciones en altura de una emergente
burguesía comercial del intercambio en la zona Chijini decoraba sus fachadas
con azulejos y colores que vestían a un elemental esquema funcional: pisos
comerciales en planta baja y de vivienda o depósitos en los últimos pisos. Con
el advenimiento de los regímenes militares, y posteriores gobiernos
neoliberales, el proceso de acumulación de capital de estas clases marginales
se extrapoló a límites inimaginables. La plusvalía del suelo urbano engordó en esas
zonas populares levantando edificios comerciales cada vez más grandes y más desvergonzados.
Comenzó la era de la incontinencia en la arquitectura boliviana.
Se
debe comprender que ese poder económico siempre se emparentó con el poder
cultural de las expresiones folklóricas como la fiesta de Gran Poder, entronizando
a una nueva burguesía popular, inédita y potente, con sus propios ritos y
protocolos. Dicho en términos políticos: una nueva clase paceña comenzaba a
desplazar a las clases tradicionales en un proceso acelerado de movilidad social.
La suma de ese poder cultural y económico
necesitaba del poder político. Este fue consumado hace pocos años con el
advenimiento de Evo Morales pero, y es muy importante destacarlo, sin honduras
políticas y sin necesidad de conjugar ideologías. De esta manera, esta pujante
nueva burguesía chola terminó de consolidar el trípode que da sustento a
cualquier expresión artística: economía-cultura-política.
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Interior de cholet. Foto RC |
En
ese largo periplo fueron muchos los autores de diversas construcciones que
portaban signos que auguraban a los ahora llamados cholets como el difunto padre de origen alemán Sebastián Obermaier.
Este cura intuyó la fuerza del estilo Alasita (importante feria paceña de
ilusiones y miniaturas) y construyó decenas de iglesias para cambiar el paisaje
urbano de la ciudad de El Alto. Con ese atrevimiento arquitectónico el padre
Obermaier fue portada del suplemento cultural del New York Times el año 2005. Pero el proceso continuó con muchos
autores anónimos y, en este nuevo milenio, el autor más reconocido es Freddy Mamani
Silvestre. Este constructor y arquitecto
alteño es una verdadera estrella internacional con más de un centenar de obras
delirantes y extremas. Ha presentado su trabajo en diversos escenarios como la
Fundación Cartier en Paris o el MET en Nueva York. Ha dado conferencias en
mucha ciudades, y ahora es casi imposible lograr una entrevista personal. Con
el influjo de este personaje la construcción del paisaje cultural paceño y
alteño es de pronóstico reservado. El delirio se ha desatado y nuevas formas y
autores aparecen: edificios Transformers,
o construcciones bajo el dominio de Optimus
Prime. Se mezclan signos provenientes de la cultura local con los héroes y
villanos de series o de grandes producciones. La hibridación arquitectónica
rompió sus compuertas y todo puede suceder en el nuevo paisaje cultural. Va como
cita al margen la última extravagancia: un edificio que lleva una monumental
máscara de Ironman. Por la virulencia de esta revolución plebeya
de nuestra arquitectura, cabe la interrogante que debe responder la academia:
¿Será ésta la exultante carnalidad arquitectónica que nos represente en el
siglo XXI?
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Como
revuelta estética, el fenómeno de los cholets
ha generado innumerables debates en el medio andino boliviano y, por supuesto, en
el ejercicio de la arquitectura. Puso en el tapete de la discusión términos
polisémicos y poliédricos como el de la belleza, el oficio o de la verdad en la
arquitectura.
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Conjunto de cholets. El Alto, Foto RC |
Para
incitar más el debate, expresaré mi parecer sobre lo que sienten los paceños y
alteños ante la “belleza” (entrecomillada por su plasticidad teórica) de
nuestro paisaje urbano y de los cholets.
La mayoría de estas edificaciones tienen, entre otras,
una función clave: los salones de fiestas. La fiesta en el mundo andino
boliviano es una ritualidad potente y cimentada en raíces milenarias. Concebir
espacios para este uso es un arraigamiento cultural fundamental para entender
la vistosa simbología que emperifollan a los cholets tanto en forma como en contenido. Más allá de la salud pública, la fiesta y el
alcohol son temas que la antropología ha estudiado en sus diferentes facetas y acepciones, y casi todas las tesis aseguran
que son elementos fundamentales para entender los mecanismos de asociación
colectiva en el mundo andino. Son lubricantes esenciales para los amasijos
sociales de las comunidades tanto rurales como urbanas y, por ende, imponen
mecanismos de apreciación estética diferentes a cualquier convención occidental
sobre el tema.
Cuando
los andinos ingresamos a un salón de fiestas de un cholet, a esos espacios pletóricos de detalles y colores como si
fueran mesas de pinball invertidas,
no nos embarga un vértigo estético nacido de la contemplación ocularcentrista
de la estetización occidental. Muy por
el contrario, se nos convoca a la
exuberante festividad andina que se desarrolla en esos interiores. Y, para que
entiendan los habitantes de otras latitudes, en nuestro cotidiano vivir los habitantes
de La Paz y El Alto participamos en las calles de interminables muestras de celebración
y goce dionisiaco: las fiestas folklóricas. Y estas manifestaciones callejeras
tienen un calendario con más celebraciones que días del año. Cuando
presenciamos una entrada folklórica como la de Gran Poder, a los paceños y alteños
no nos vienen depresiones o angustias existenciales ni tampoco estamos ensimismados
por la preciosidad. Nos impelen atavismos que nos mandan a saltar bajo el
influjo de esos ritmos y acordes
ancestrales. Dicho en otra clave: cuando estamos frente a las expresiones de
nuestra cultura urbana no padecemos el síndrome de Stendhal, nos invade un
arrebato de festividad corporal. A diferencia del encandilamiento occidental
hacia la belleza como un fenómeno externo y ocularcentrista, los andinos gozamos la expresión corpórea,
visceral, y plena de carnalidades en cada una de nuestras manifestaciones del
arte popular. De ahí que, feo o bonito a la usanza occidental, es algo que no interesa
ni interpela a las expresiones de una sociedad de incontinencia expresiva como
la nuestra. Estamos en la línea de una corporeidad antepuesta a la razón, de
vísceras superpuestas a los pensamientos, tal como pregonan algunos filósofos
actuales como Michel Onfray. Esta línea
estética, expresada como una “carnalidad arquitectónica” en los cholets, es quizás un punto de partida
para comenzar a entender y reflexionar sobre el nuevo paisaje cultural que se
forma en las ciudades de La Paz y El Alto.
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Gran Poder. La fiesta popular. CVP |
Por todo
ello, es una tarea urgente encontrar en digresiones de nuevo cuño las bases
para superar la curiosidad universal hacia
los cholets. Debemos encauzar desde
los Andes centrales las acciones para la construcción de un sentido estético
plural, pagano y lúdico. Es decir, debemos cimentar una teoría que respalde a esta
revolución plebeya superando el elogio desmedido que brota del ombligo o de la
condescendencia, benevolente y jesucristiana, del norte.