Al sur de La Paz se encuentra otra ciudad, una de arcilla y cielo
que está deshabitada de día y poblada por
almas de noche y que es, sin duda, la más bella por natural y divina: el Valle
de las Ánimas.
Este sitio natural de casi 2000 hectáreas y a muy pocos kilómetros
de la mancha urbana (una real mancha) es único, soberbio y maravilloso. Yo, que
soy tan afecto al abuso de los adjetivos calificativos debo controlarme. Pero
es tan difícil reprimir esa manía porque los sentimientos que provoca son potentes
y calan hondo. Por esa potencia que emana del Valle de las Ánimas, artistas de
diferentes épocas y medios sucumbieron y expresaron su admiración por este excepcional
paraje natural: Borda y Sáenz lo narraron,
Guzmán de Rojas y el mismo Borda lo pintaron y otros jóvenes creadores
como Torres lo “vadearon”.

Se dice, también, que la bella arquitectura es música congelada. Y
sí, en ese valle andino escuchas la más divina de todas: el sonido del
silencio. Envuelto en esos farellones “oyes” el silencio y te reconcilias con
el mundo exterior, contigo mismo y con la otra ciudad, la babilónica que construyó
el hombre que ruge en tensión, cables, tráfico e inquinas donde debes volver
con la esperanza de que cuando te llegue el fin y nos deslumbre el “disparo de
nieve”, partas al Valle de las Ánimas para descansar en uno de esos pináculos
de arcilla que tocan el cielo.