sábado, 26 de agosto de 2017

ARQUITECTURA Y DELIRIO

Arquitectura Cohetillo. El Alto. Bolivia. Foto de archivo.
El fenómeno de los llamados cholets o arquitectura cohetillo es motivo de crónicas, paseos turísticos, debates y de una visibilidad inusual en los medios internacionales. Por el jaleo que despierta revuelvo el avispero con algunas sentencias.
En primer lugar, este movimiento no empezó ahora ni tampoco es de un solo autor.  Tuvo un largo proceso de gestación que empezó en zonas populares y comerciales de esta ciudad allá por los años sesenta del siglo pasado. Tímidamente, las construcciones en altura de una emergente burguesía comercial del intercambio, decoraba sus fachadas con azulejos y colores que vestían a una lógica funcional: pisos comerciales en planta baja y de vivienda o depósitos en los últimos pisos. Con el advenimiento de los regímenes militares, y posteriores gobiernos neoliberales, el proceso de acumulación de capital de esas clases marginales se extrapoló a limites inimaginables. La plusvalía del suelo urbano engordó en esas zonas populares como Chijini, la Ceja entre otras, levantando edificios comerciales cada vez más grandes y desvergonzados. Ese poder económico se emparentó siempre con el poder cultural de las expresiones folklóricas como Gran Poder. Se empoderó entonces, una nueva burguesía popular, inédita y potente, con sus propios ritos y protocolos. Dicho en términos políticos, una nueva clase paceña comenzaba a desplazar a las clases tradicionales en un proceso acelerado de movilidad social. La suma del poder cultural y el económico necesitaba del poder político. Este fue consumado hace pocos años y sin necesidad de conjugar ideologías. Así, se terminó de consolidar el trípode economía-cultura-política que sustenta cualquier expresión artística.
Y fueron muchos los autores de las construcciones en ese largo proceso como el difunto padre Obermaier quién intuyó la fuerza del estilo Alasita y construyó decenas de iglesias para cambiar El Alto. Resultado: portada del suplemento cultural del New York Times el año 2005. Pero el proceso continuó y ahora el autor más reconocido es Mamani Silvestre que da conferencias por todo el planeta y es publicado en diversas  revistas especializadas y periódicos del mundo como ningún otro arquitecto en nuestra historia.  Y hay cuerda para rato. El delirio sigue y nuevas formas y autores aparecen como zombies: Transformers, Opusprime, onda Katanas o un  pseudo Mondrian.

Apartando de la discusión los gustos o disgustos estéticos, o si es o no arquitectura, saltan preguntas: ¿Soportaremos en este siglo delirios arquitectónicos y comportamientos exacerbados urbanos de todo tipo? ¿Será ésta la exultante carnalidad arquitectónica que nos represente en el siglo XXI?

martes, 14 de febrero de 2017

SER ARQUITECTO*

El siglo XXI ha perturbado el camino del arquitecto. La caída de los grandes relatos, la insurgencia de  revoluciones políticas o digitales, han desmantelado los conceptos que por siglos sostenían la figura del arquitecto. Este nuevo tiempo, verdaderamente revolucionario, está destruyendo a ese demiurgo intocable de las artes.
Muchos síntomas de esta debacle son evidentes. Uno de ellos: nuestro errático  comportamiento. Nos dejaron los héroes de la modernidad y pasamos a deambular por la posmodernidad y el recurso de la historia; por millonarias inversiones con estrellas del mercado global; y ahora, por una discutible “arquitectura para los pobres”. A pesar de esos vericuetos, propios de una disciplina en crisis, persiste en este nuevo milenio la figura del arquitecto ególatra y ensimismado. Por todo ello, debemos vislumbrar nuevas maneras de ser arquitecto y nuevas formas de relacionamiento social y profesional.
Comenzaré reflexionando sobre dos fuerzas que, en la parte andina boliviana, están zarandeando a los arquitectos diseñadores. Son dos fuerzas arremolinadas y contrapuestas que nublan las ideas y enmarañan el oficio: la revolución tecnológica global y la instauración de un estado pluricultural.

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La revolución tecnológica ha transformado el conjunto de los saberes y los modos de hacer arquitectura. A decir de Jesús Martín-Barbero, esta transformación de los conocimientos y las profesiones se explica con dos fenómenos: el descentramiento y la des-localización. Con el primero, “el saber se sale de los libros y de la escuela. El saber se sale ante todo del que ha sido su eje durante los últimos cinco siglos: el libro. Un proceso que no había tenido casi cambios desde la invención de la imprenta sufre hoy una mutación de fondo especialmente con la  aparición del texto electrónico”. El segundo fenómeno, la des-localización, “difumina tanto las fronteras entre las disciplinas del saber académico como entre ese saber y los otros que ni parten de la academia ni se imparten ya en ella exclusivamente”[1].
En esa línea, los saberes especializados, en el reino excluyente y  absoluto de los arquitectos, ya no tienen mayor impacto en la sociedad. Vivimos una época donde las propuestas de la arquitectura heroica están rebasadas por la diversidad, casi infinita, de los mensajes electrónicos. Junto a esa pluralidad desbocada las profesiones que nos rodean están diluyendo sus fronteras y desmantelando los muros del reino.
Simultáneamente, esta revolución del conocimiento ha transformado el modo de hacer arquitectura. Disponemos de herramientas que abaratan costos, simplifican procesos y reducen tiempos. Tanto el software como el hardware han  revolucionando, en apenas dos décadas, la manera de concebir la arquitectura.
Asimismo, el acceso en tiempo real a la red global incide radicalmente en esos modos y en todo el sistema que los sostiene: clientes, comitentes, tecnologías, presupuestos, etc. En el campo o en las ciudades cualquier persona, a través del internet y los teléfonos inteligentes, puede tener en sus manos una biblioteca interminable del saber arquitectónico: un Aleph borgiano sin límite alguno.   Paralelamente al cúmulo de conocimientos de la red vivimos la dictadura de las imágenes, la llamada  Iconocracia. Con la proliferación icónica y sus ilimitadas posibilidades se socializan los estilos, se simplifican los diseños, se envician las autorías hasta, casi, prescindir de los profesionales. Se está  universalizando la posibilidad de hacer arquitectura.
Además, esta revolución digital está formando estudiantes y jóvenes profesionales CAD-dependientes, que uniforman y homogenizan sus propuestas. Pero, más allá de cuestiones de estilo, existen incertidumbres mayores. Los programas del diseño paramétrico se aproximan a resolver problemas prescindiendo de autores.  Estamos ante los umbrales de un mundo regido por la inteligencia artificial; y así lo adelanta Martín-Barbero: “Con el computador ya no estamos ante la relación exterior entre un cuerpo y una máquina sino frente a un nuevo tipo de relación: una aleación entre cerebro e información”.
Esta situación contemporánea, apenas comprendida por la academia tradicional, ha generado la obsolescencia de escuelas y facultades de arquitectura. En esos centros aún se conservan los paradigmas y las posturas de los héroes de la modernidad: el genio individual, la idea platónica, el boceto lúcido, etc. Ulrich Beck ubica a esa obsolescencia en las “categorías zombi”; categorías del pensamiento que proceden “del horizonte vivencial del siglo XIX, de la primera modernidad”.[2]
Debemos reconocer el valor cognoscitivo de esta revolución y su ineluctable proyección en el tiempo; pero también, debemos debatir sobre las amenazas de una globalización acrítica e irreflexiva.

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El año 2009 se instaura en Bolivia la nueva Constitución Política del Estado Plurinacional, y con ella se reconoce nuestra pluriculturalidad. Con la nueva carta magna se funda la organización política y jurídica de varias naciones en un solo estado reconociendo y protegiendo la pluralidad étnica y cultural.
Este imprescindible e impostergable avance histórico de una sociedad con mayoritaria población indígena nos interpela e incita, a su manera, a buscar nuevos  comportamientos profesionales.
Esta apertura del abanico pluricultural acarrea, desde el punto del creador, múltiples descentramientos. Algunos de ellos se explican desde el mundo del arte. En “Sobre la crisis del arte contemporáneo en Bolivia” traté este tema y concluí en un hecho fundamental: la pérdida de sentido o la falta de vigor cultural en nuestras obras debida a la preeminencia de los movimientos políticos sobre las vanguardias artísticas. En esa línea, la citada pluriculturalidad abre múltiples e imprecisos paradigmas culturales. Ya no existe el derrotero único, omnipresente y de corte occidental, que facilitó el accionar de generaciones de arquitectos aculturalizados, ahora coexisten múltiples derroteros. En arquitectura, un arte indolente al cambio, acostumbrado a seguir por imitación o mimesis[3] las tendencias del centro, la pluriculturalidad instaurada en el país ha alterado su futuro;  los preconceptos del oficio como: la universalidad del estilo, la atemporalidad, la exigencia geométrica o  la vigencia de la obra de arte total han sido desmontados.
En los albores de esta revolución cultural el panorama es difícil de digerir y la tarea de diseñar para una sociedad que busca afanosamente una síntesis cultural de lo plural y heterogéneo, es confusa.
Todo creador necesita un terreno fértil para sus ideas, un sitio estable donde fundar sus principios. Si el terreno es híbrido y complejo, las alternativas creativas para un profesional, unidireccional y monotemático, están plagadas de dudas e incertidumbres.

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Ahora bien, ¿cómo afrontamos a esas fuerzas?
Cebando nuestro acervo con  propuestas como las de Basarab Nicolescu o Edgar Morin, de pensamientos transdisciplinarios, de conocimientos relacionales y complejos comenzaré por declarar que en este tiempo milenarista, crispado por desavenencias ideológicas y descentramientos sociales, para ser arquitecto no basta con sólo ser arquitecto.
En primer lugar, el arquitecto debe ampliar su visión hacia un perfil culturalista. Más que un productor-creador de formas y espacios debe ser un activista cultural, un promotor de la construcción cultural de su región. Munido de un amplio bagaje de conocimientos, el arquitecto debe involucrarse con la sociedad pluricultural desde las cosmovisiones identitarias hasta las ramificaciones de la cultura universal. Debemos enfrentar las fuerzas arremolinadas de este tiempo en la perspectiva que sugiere el pensador hindú Arjun Appadurai: “El futuro como hecho cultural”.[4]
Un apunte interesante de esa perspectiva. Surgen planetariamente pensamientos que apuntan a un accionar múltiple; por ejemplo, el arquitecto inglés David Chipperfield habla del arquitecto como líder intelectual y el holandés Rem Koolhass se rinde ante el poder de la palabra. Todo ello surge ahora porque, a pesar del tiempo invertido en nuestra actividad proyectiva en infinitas de horas frente a la computadora, no pudimos construir un espacio real de participación en la sociedad, construimos nuestra propia invisibilidad al no tener un liderazgo cultural e intelectual.
Entonces, si el perfil debe ser culturalista ¿cómo encaramos el oficio a inicios de este siglo?
Claramente expresado: debemos ser diseñadores y/o creadores multipropósito. El arquitecto no debe mantener el espacio restringido de trabajo del siglo XX: el proyecto edilicio y su construcción. Debe transformar su misión y visión hacia un productor multipropósito con capacidades para resolver los desafíos del diseño ambiental incluso, sobrepasando las fronteras hacia otras prácticas artísticas contemporáneas. Es imperativo, hoy en día, tener una capacidad de síntesis y abstracción para responder a cualquier escala de diseño o desafío creativo sin las limitaciones del oficio especializado.
Esta actividad transdisciplinaria y multipropósito la asociaría con un accionar que hoy en día es ineludible: el trabajo colectivo. En respuesta a la complejidad de los problemas se están formando en el mundo grupos de trabajo para encarar los nuevos desafíos. Son colectivos de múltiples creadores y pensadores de diverso origen y reflexión,  para el intercambio abierto y libre de las ideas. Esa fuerza conjunta es la única capaz de originar masa crítica en una opinión pública tan heterogénea como imprevisible.
Para concluir, considero que el divorcio de la arquitectura con el arte ha relegado nuestra adecuación al espíritu de los tiempos y ha formado profesionales, desubicados e indolentes, que desconocen su contexto y la estética como concepto local y universal.


¿Pero, podemos cualificar artísticamente a los estudiantes? La respuesta no depende exclusivamente de los arquitectos. Si el mundo del arte no resuelve la profunda crisis en que se encuentra muy poco podemos hacer desde la arquitectura. Dependemos  intrínsecamente del pensamiento y obra que se genera en el arte; más aún, en un medio como el nuestro donde la potencia y vitalidad del arte popular está arrasando a los creadores aislados.
Pero, y a pesar de esa sumisión del oficio, creo que el trinomio cultura-diseño-arte para concebir nuevas propuestas y reencaminar la formación del arquitecto diseñador, es posible.  Con ese recurso enfrentaremos las fuerzas, que a contracorriente entre lo global y lo local, nos están zarandeando. 

*Publicado en La Razón, La Paz, Bolivia, 12 de febrero de 2016, con el título: Los caminos perturbados.




[1]Jesús Martín-Barbero, “La crisis de las profesiones en la sociedad del conocimiento”, Nómadas #16, Bogotá Colombia. 2002.
[2] Ruslan Posadas, “Apuntes sobre las reflexiones teóricas de Ulrich Beck”, UNAM, México DF. 2011.
[3] Javier Sánjines C., “El espejismo del mestizaje”, IFEA, La Paz, Bolivia. 2015.
[4] Arjun Appadurai, “El futuro como hecho cultural”, Ensayos sobre la condición global, FCE, Buenos Aires Argentina. 2013.

domingo, 22 de enero de 2017

PLAZA MURILLO

Inspirado por un político hindú esbozo un concepto: “No se transforma la historia urbana con sólo cambiar edificios, porque construir es apenas una actividad económica y trascender en la historia es otra cosa muy diferente”.
Para trascender, debes percibir que la ciudad, aparte de los edificios, es un constructo histórico de complejos entramados sociales, de memorias tenaces y de múltiples imaginarios espontáneos. Para ser más claro describiré este concepto con un ejemplo idóneo: la Plaza Murillo.
El año 1558 el alarife Gutiérrez Paniagua trazó nuestra plaza principal. Desde entonces, y a lo largo de cuatro siglos, este espacio urbano fue testigo de innumerables sucesos: revoluciones, colgamientos, asonadas, golpes, inmolaciones, cercos y otros que cambiaron el devenir de la política y también su forma. La plaza que comenzó como un descampado pasó a la imagen actual: ajardinada y arbolada en clásico estilo republicano. Su icono central era el dios Neptuno, escultura que fue reemplazada a principios del siglo XX por la de Murillo, obra de un italiano. Su denominación también cambió con el tiempo. De Plaza Mayor a Plaza 16 de Julio y después a Plaza Murillo. De igual manera, sus edificios fueron variando: de cárcel a gobernación, de convento a parlamento, de iglesia a catedral y de rústicas casas a importantes casonas con comercios y cinematógrafo. 
Como se colige, en esa plaza como en la ciudad, se gestan múltiples  transformaciones y permanencias, mutaciones y persistencias que forman el espíritu pluricultural de esta ciudad: la paceñidad. Esta alma urbana es un imaginario potente, impermeable a influencias coyunturales y es el ajayu mayor por excelencia.
Al ver las dos moles, que actualmente están en construcción en la plaza, me indigno y declaro desde esa paceñidad: “no se transforma la historia urbana con sólo cambiar edificios”. Y pregunto: ¿se olvidaron del ajayu mayor?

Mole en la Plaza Murillo, La Paz, Bolivia.

Pero esta plaza jamás fue mezquina y ofrece oportunidades. Sus casas patrimoniales se caen en tus narices. ¿Porqué no se reivindican un poco con la paceñidad y conservan dos inmuebles representativos: el recientemente colapsado, colindante a la Asamblea Plurinacional, y la bella casona Agramont frente a la Cancillería? Con la celeridad para promover un espectáculo tuerca, dispongan fondos para expropiar, restaurar, integrar y ocupar adecuadamente ambos inmuebles. Háganlo como ustedes dicen: “a la velocidad Dakar”.
Si los restauran, los “ojos del mundo” verán que, aparte de multitudes cariñosas con miles de banderitas, en esta ciudad existen otras prácticas culturales que generan autoestima de verdad. Autoestima de la profunda y no la cacareada por la verborrea mediática.